Fueron unos días absolutamente azules
y grises en cuanto al color del mar y las rocas. La nariz taponada y
los nervios de lo inevitable, con un hilo de voz que delataba
innumerables noches de fiesta. La taza de café dejó de estar sobre
su platillo en el que se erguía coqueta y estaba fuera de control de
pie sobre la mesa, bailando y ondeando ante una chica que la
observaba desde alguna otra mesa. Un cercanías me llevó hasta un
lugar recóndito donde el frío paralizaba la sangre a la altura de
mis tobillos. Pedía por favor que me dieses eso que te pedía, y
cerraba los ojos al pasar por la estación donde no quería ver más
allá y encontrarme con otros días. Hay un huracán que acecha cada
segundo de tu existencia y que amenaza con cambiarlo todo, con
perseguirte hasta que te dejes envolver. Y poco a poco notas sus
manos que te acarician y que son el tiempo que llevas despertando a
un nuevo momento de novedades e inquietudes. Te preguntas qué es lo
mejor, y lo mejor es dejar que te lleve, estar solo. Dudabas de otras
palabras y anhelabas apoyarte en una persona que compartiese tu
carga, y ahora esta se hacía más llevadera y menos frágil estando
solo. Descubriste algunas de las tantas mentiras del mundo, y
escuchaste frases que se te hacían repetidas, y te quedaste con el
desencanto y la idea de otras cosas mejores. Te afanaste por crear
tus propias inventos y por seguir el antojo y los planes brillantes
que se alzaban en el atractivo aire primaveral. Y ahora, después de
tantos bailes, éxitos y fracasos, eres esa taza que, como muchas
otras, esta sobre la mesa pero fuera del plato.
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