lunes, 1 de abril de 2013

Fueron unos días absolutamente azules y grises en cuanto al color del mar y las rocas. La nariz taponada y los nervios de lo inevitable, con un hilo de voz que delataba innumerables noches de fiesta. La taza de café dejó de estar sobre su platillo en el que se erguía coqueta y estaba fuera de control de pie sobre la mesa, bailando y ondeando ante una chica que la observaba desde alguna otra mesa. Un cercanías me llevó hasta un lugar recóndito donde el frío paralizaba la sangre a la altura de mis tobillos. Pedía por favor que me dieses eso que te pedía, y cerraba los ojos al pasar por la estación donde no quería ver más allá y encontrarme con otros días. Hay un huracán que acecha cada segundo de tu existencia y que amenaza con cambiarlo todo, con perseguirte hasta que te dejes envolver. Y poco a poco notas sus manos que te acarician y que son el tiempo que llevas despertando a un nuevo momento de novedades e inquietudes. Te preguntas qué es lo mejor, y lo mejor es dejar que te lleve, estar solo. Dudabas de otras palabras y anhelabas apoyarte en una persona que compartiese tu carga, y ahora esta se hacía más llevadera y menos frágil estando solo. Descubriste algunas de las tantas mentiras del mundo, y escuchaste frases que se te hacían repetidas, y te quedaste con el desencanto y la idea de otras cosas mejores. Te afanaste por crear tus propias inventos y por seguir el antojo y los planes brillantes que se alzaban en el atractivo aire primaveral. Y ahora, después de tantos bailes, éxitos y fracasos, eres esa taza que, como muchas otras, esta sobre la mesa pero fuera del plato.

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